No hay Brexit bueno y el viernes quedó por escrito. Diecisiete meses después del referéndum, Londres se ha dado un baño de realismo: contra lo prometido por sus gurús, la salida de la Unión Europea vaticina pérdidas de soberanía además de bombas de relojería contra su integridad territorial. Pese a todo, el acuerdo con Bruselas abre una rendija a la esperanza.

Los pilotos dicen que los despegues son opcionales, pero que todos los aterrizajes son obligatorios. Reino Unido emprendió un vuelo al paraíso de la liberación del yugo bruselense, pero Theresa May ha tomado tierra al asumir que el futuro de los británicos pasa por aceptar gran parte de las reglas europeas aunque ya sin la voz, el voto y el derecho al veto que han tenido. O sea, con menos soberanía.

La realidad hizo saltar del Brexit duro al blando y ahora se encamina al light, porque fuera de la casa común europea hace mucho frío. En esa deriva, muchas parejas prefieren darse otra oportunidad. La mitad de los británicos exigen un referéndum antes de cerrar el divorcio. Nunca es tarde para rectificar. La alternativa puede ser un aterrizaje sin motores ni visibilidad. Quienes lo buscan debieran pagar por ello.

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